Élder Robert L. Simpson del Primer Quorum de los Setenta
Durante estos breves minutos en los cuales os dirigiré la palabra, me gustaría testificaros de que las leyes de Dios están firmemente establecidas por los principios eternos del sacerdocio. La verdad del evangelio se eleva como un pilar de paz, seguridad y libertad para todos aquellos que deseen ayudarse a sí mismos. Yo doy fe de que lo fundamental y mas importante acerca de la verdad revelada, la luz y seguridad eterna, está estrechamente relacionada con la casa del Señor.
¿Un templo de Dios en esta época y en estos días? ¿Cómo puede ser? Muchas de las personas que creen en Dios piensan que sólo hubo templos en la antigüedad, hace más de dos mil años, porque en esa época los profetas vivían con el pueblo.
Veamos juntos lo que es un templo; un templo moderno, en nuestros días; un templo que ha sido dedicado al Señor, al igual que los templos de la antigüedad. Un edificio especial donde aquellos que han sido comisionados con la decida autoridad divina llevan a cabo sagradas ordenanzas. El templo es una casa de pacífica adoración, donde se habla suavemente, usual- 14 mente como en susurro, donde los que participan están vestidos de blanco; y todos los que asisten han sido considerados dignos y moralmente limpios.
El templo es una casa de oración, sí, y en él se glorifica a nuestro Padre por medio de cada ordenanza que allí se lleva a cabo. Aquel que entra por primera vez recibe una declaración de bendiciones especiales que no pueden obtenerse fuera de él.
El templo es una casa de instrucción, sí, de instrucción divina acerca del plan eterno que Dios tiene para sus hijos. En él se obtiene una perspectiva superior del vínculo personal con el Hacedor y el Salvador. Sí, es un conocimiento especial acerca de Dios y de Jesucristo, el cual es esencial para obtener la vida eterna.
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3.)
El templo es una casa de revelación, sí, de continua revelación. Ya sea que la revelación corresponda a un profeta o a un miembro que busca la verdad, todos aquellos que van al templo procurando conocimiento reciben continua enseñanza y son edificados.
El templo es una casa de dedicación y sacrificio, porque se ha establecido claramente que no puede brindarse una adoración sincera sin sacrificio; de hecho, como lo cantan los santos, “por sacrificios se dan bendiciones” (Himnos de Sión, N° 190).
El templo es una casa de convenio sagrado donde uno debidamente se compromete a seguir las enseñanzas de Cristo. ¡Qué maravilloso sería si los cuatro mil millones de personas que viven sobre la tierra pudieran participar de esta clase de convenios!.
El templo es una casa donde los jóvenes se casan por esta vida y toda la eternidad. De esta manera, se establece un lazo común, un lazo que trasciende los latentes peligros terrenales de malos entendimientos, desconfianza, y, muy a menudo, el divorcio.
El templo es una casa de vínculos eternos. Un lugar al que las’ familias pueden concurrir con el propósito de transformar su círculo familiar en una unidad eterna; donde, de pronto, el “juntos para siempre” se convierte en algo mucho más trascendental que una trivial diferencia familiar. Las familias eternas se reúnen en un concilio familiar el cual es presidido por el padre.
El templo es una casa de Dios donde se extiende a todos aquellos que son dignos, el privilegio de llevar a cabo ordenanzas sagradas en beneficio de sus antecesores. Esto, sin lugar a dudas, hace ”volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres”, tal como LIAHONA/FEBRERO de 1981 15 Élder Robert L. Simpson lo dicen las Santas Escrituras (Mal. 4:6).
Al igual que todas las bendiciones que nuestro Padre Celestial tiene para sus hijos, estas bendiciones dependen siempre de la fidelidad y observancia de los principios del sacerdocio. Las bendiciones fundamentales del templo se basan en el amor y la devoción entre esposo y esposa; ellos deben establecer el ejemplo, ya que son el núcleo vital. Las Escrituras lo expresan de una manera mejor:
“Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón.” (1 Cor. 11:11.)
Todo lo que en este mundo se oponga al trato tierno y leal de una pareja es una herramienta poderosa en manos del adversario. Todo lo que promueve y perpetúa la unidad familiar: la madre, el padre y los hijos adecuadamente dotados con la luz y verdad de Cristo, y motivados por ella, está en armonía con el plan del Señor para sus hijos.
Esposos, amad a vuestras esposas; esposas, honrad a vuestros esposos. Basaos en el evangelio para buscar todas las soluciones a vuestros problemas; sed un ejemplo digno para vuestros hijos. Y esto es el comienzo de todas las cosas.
El poeta Longfellow expresó este concepto con las siguientes palabras:
Cual la cuerda es al arco
tal es la mujer al hombre.
Aunque ella lo doblega,
a él obedece,
Y aunque ella lo tiende,
a él ella sigue.
Incapaz uno sin otro.
(The complete poetical works of Longfellow, Boston: Houghton, MiffhnCo. pág. 135.)
Estas poéticas palabras están en armonía con las enseñanzas del templo.
Tan sólo pocas horas después de una desastrosa inundación causada en Idaho, hace unos pocos años, un hombre que aparentemente había perdido todas sus posesiones materiales lloraba amargamente; no estaba desesperado por las pérdidas materiales que había sufrido, sino por algo mucho más importante: Se presumía que su esposa y sus cuatro hijos habían muerto ahogados. Sin embargo, una hora más tarde recibió una buena noticia: Su familia estaba milagrosamente a salvo y le esperaba en una de las instalaciones de emergencia más cercanas. El encuentro fue algo de supremo regocijo y felicidad. En medio de su tremenda alegría y júbilo hizo el siguiente comentario: “Tengo nuevamente a mi familia, y a pesar de que he perdido absolutamente todo lo material, me siento millonario”.
Cada uno de los miembros de la familia inclinó la cabeza al mismo tiempo en señal de agradecimiento. Ellos constituían una familia especial, ya que no hacía mucho se habían sellado por esta vida y por toda la eternidad en uno de los templos del Dios viviente. Apenas ayer tuve el especial privilegio de estar presente mientras una encantadora joven pareja se arrodillaba ante el altar del templo; los dos estaban vestidos con ropas impecablemente blancas. Rodeados de familiares y amigos, se pronunciaron estas palabras tan especiales como parte del convenio matrimonial: “por tiempo y eternidad”.
Como podéis ver, ésa fue la particularidad de su matrimonio para siempre. ¡Qué maravilloso sería que esta divina enseñanza de luz y verdad llegara a todas las personas del mundo!, y que así, esa luz que hace posible dicha unión, fuese no solamente para un pequeño grupo determinado sino para cualquiera de los hijos de Dios que se hubiera preparado adecuadamente. Pero todo debe hacerse a la manera del Señor.
El matrimonio eterno es tan sagrado, que solamente puede llevarse a cabo dentro de las paredes de un templo, y efectuarlo solamente aquellos que han sido investidos con la debida autoridad divina para ligar o sellar en la tierra aquello que será ligado en los cielos.
“Lo que sellares en la tierra será sellado en los cielos; y lo que atares en la tierra, en mi nombre y por mi palabra, dice el Señor, será eternamente atado en los cielos . . .” (D. y C. 132:46.)
Citemos el caso de un grupo de veinticinco adolescentes que han venido al templo al amanecer para participar de la sagrada ordenanza de bautismos por los muertos. Sus respectivos obispos los han encontrado moralmente limpios y dignos para tal obra. Como podemos ver, los obispos de hoy en día se rigen por las mismas guías que los obispos de los tiempos antiguos a quienes también se les enseñó:
“¿Quién subirá al monte de Jehová?
¿Y quién estará en su lugar santo?
El limpio de manos y puro de corazón;
El que no ha elevado su alma a cosas vanas,
ni jurado con engaño.” (Salmo 24:3-4.)
Siempre ha habido una norma en la casa del Señor, y esa norma es la de la pureza; no puede ser de otra manera.
Estos jovencitos han venido al templo con un espíritu de reverencia y con el deseo de hacer algo por otros que ya no están en esta tierra.
Una jovencita hizo este comentario: ”Sentí un gran orgullo al ser bautizada por inmersión por uno de mis antecesores que vivió en el siglo dieciocho. Sentí claramente que ella estaba allí conmigo; sé que se sentía feliz y que aceptó la obra que yo estaba llevando a cabo por ella”.
Estos adolescentes llevaron a efecto una ordenanza que se practicaba durante el ministerio de Pablo ya que él escribió a los santos de Corinto:
“De otro modo ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos?” (1 Cor. 15:29.)
Esta obra vicaria por los muertos, la cual fue obviamente practicada durante la época del Nuevo Testamento, tal como lo testifica Pablo, fue evidentemente una ordenanza importante enseñada por los apóstoles del Señor Jesucristo después de su crucifixión. Una prueba de esto se encuentra en las propias palabras de Pablo al expresar su testimonio a los gálatas:
“Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre^ pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.” (Gálatas 1:11-12.)
Miles de personas trabajan largas horas en el templo para llevar a cabo no solamente bautizos sino otras ordenanzas en forma vicaria, en favor de aquellos que no tuvieron la oportunidad de hacerlo durante este período mortal. Y “De no ser así”, testifican las Escrituras, “toda la tierra sería totalmente asolada en su venida” (José Smith-Historia 39).
El Salvador tuvo el poder de proporcionar la inmortalidad a toda la raza humana; nosotros tenemos el poder de llevar a cabo la obra vicaria por una persona a la vez, pero esto se hace con el mismo glorioso propósito, lo cual es posible porque se lleva a cabo por medio de la misma autoridad. Nuevamente, cito las palabras del Señor:
“Pues si queréis que os dé un lugar en el mundo celestial, debéis prepararos, haciendo lo que os he mandado y requerido.” (D. y C. 78:7.)
Permitidme declararos abiertamente que para cada persona viviente la meta más importante debe ser la de buscar fervientemente las bendiciones del templo. Porque allí encontraréis paz, y allí llegaréis a saber lo que en verdad significa protección y seguridad. Allí, en la casa del Señor, podréis aprender lo que necesitáis saber para ser verdaderamente libres. Allí, alejados de toda confusión y competencia tenemos la oportunidad de despojarnos de todo egoísmo, lo cual es algo muy raro de lograr en nuestro mundo actual.
Desearía concluir mis palabras con el amoroso consejo del Salvador cuando dijo:
“Así que, no temáis, rebañito; haced lo bueno; dejad que se combinen en contra de vosotros la tierra y el infierno, pues si estáis edificados sobre mi roca, no pueden prevalecer.” (D. y C. 6:34.)
No existe establecimiento o fundación que ofrezca mayor seguridad que el templo. La obra que allí se lleva a cabo trasciende todo el esfuerzo que el ser humano pueda hacer. Ruego que hagamos todo lo posible para darnos cuenta de las hermosas bendiciones del templo, porque yo testifico que El allí nos espera a cada uno de nosotros, sus hijos.
En el nombre de Jesucristo. Amén.







Gracias por el trabajo que realizan en estàgina. Ser conocedor de las enseñanzas del evangelio restaurado, es lendiciòn màs grande. Ser participe de esas bendiciones en estos ùltimos tiempos es indescriptible. Sòlo se puede mostrar el gozo que se percibe al compartir con nuestros semejantes tales enseñanzas. Compartir lellezel evangelio restaurado es el mandamiento mas gozoso que debemos cumplir. Tododille doblar confesarà que Jesùs es el Cristo Viviente el Hijo Amado. Gracias.