Capítulo 6 Sección C

LA COLOCACIÓN DEL CORONAMIENTO.

Se fijó el sexto día de abril de 1892 como fecha para colocar en posición la piedra de remate del Templo, y en todo barrio y rama de la Iglesia, así como en todo hogar de los miembros, el anuncio se recibió con gozo.

El día señaló el fin de la conferencia anual y fue santificado por todas las observancias de una asamblea solemne. Como acto preliminar de la ceremonia principal, una numerosa congregación se había reunido en el tabernáculo desde una hora muy temprana, y en él, las organizaciones respectivas del sacerdocio ocupaban lugares designados en el piso principal, dejando la galería para acomodar al público en general. A la conclusión de un servicio impresionante, la multitud salió en procesión formal al espacio despejado al sur del templo, donde se había erigido una plataforma provisional y sobre la cual ondeaba la bandera de la nación. Sobre una plataforma adyacente se acomodó al coro, que pasaba de doscientos cantantes. Hubo bandas de música del orden más alto, y se proporcionó todo elemento esencial de la adoración fervorosa combinado con el de alegre celebración.

Más de cuarenta mil personas se reunieron dentro de los confines de la Manzana del Templo, y otros miles, no hallando cabida en el gran cuadrángulo, ocuparon las calles o miraron desde los techos y ventanas de edificios contiguos. No se ha impugnado la afirmación de que esta asamblea fue la más numerosa que jamás se había conocido en Utah. Precisamente al mediodía se inició el servicio especial. La música, tanto de las bandas como del coro, las marchas, antífonas e himnos se habían compuesto especialmente para esta alegre ocasión. El presidente Joseph F. Smith de la Primera Presidencia ofreció la oración, y el impresionante “Amén” repercutió en la boca de cuarenta mil almas. Siguió un himno, y entonces el venerable presidente de la Iglesia, Wilford Woodruff, pasó al frente y anunció que había llegado el momento propicio por tan largo tiempo esperado. Sus resonantes palabras fueron:

Atención, toda la casa de Israel y las naciones de la tierra! Ahora colocaremos la piedra de remate del Templo de nuestro Dios, cuyos fundamentos colocó y dedicó el profeta, vidente y revelador, Brigham Young.

Hecho esto, el Presidente interrumpió un circuito eléctrico en la plataforma, y el hemisferio de granito, que constituía la piedra más elevada del gran templo, lentamente descendió en su posición. Siguió entonces un acto jamás realizado por este pueblo sino en ocasiones de solemnidad extraordinaria, a saber, la proclamación del sagrado grito de Hosanna. Bajo la dirección de Lorenzo Snow, presidente del Consejo de los Doce Apóstoles, los cuarenta mil miembros de la Iglesia gritaron a una sola voz:

“Hosanna! ¡Hosanna! ;Hosanna! ¡A Dios y al Cordero! ;Amén! ¡Amén! ¡Amén!”

Se repitió tres veces, acompañada, en cada ocasión, del tremolar de pañuelos blancos.

Desde el techo del edificio llegó la voz del arquitecto encargado, J. Don Carlos Young, declarando que el coronamiento había quedado debidamente colocado, y el coro y la congregación irrumpieron en canto triunfal:

El Espíritu de Dios cual fuego está ardiendo, La-gloria postrera empieza a brillar; Visiones y dones antiguos ya vuelven Y ángeles vienen la tierra a visitar. Cantemos, gritemos con célica hueste, Hosannas a Dios y al Cordero también; A ellos sea dada gloria celeste De hoy y para siempre; Amén y Amén.

El élder Francis M. Lyman del Consejo de los Doce entonces propuso la adopción de la resolución que a continuación presentamos:

Aceptando la instrucción del presidente Woodruff, referente a la oportuna terminación del templo de Salt Lake, como la palabra del Señor a nosotros, propongo que esta congregación se comprometa, colectiva e individualmente, a proporcionar con la rapidez que se necesite, todo el dinero que se requiera para completar el templo en la fecha más temprana posible, a fin de efectuar su dedicación el 6 de abril de 1893.

La adopción solicitada se manifestó con un grito ensordecedor de la multitud reunida, acompañado por el alzamiento de manos. El número coral para concluir fue la gloriosa “Canción de los Redimidos”, particularmente propia para la ocasión, y el presidente George Q. Cannon pronunció la oración final.

La piedra de coronamiento y el bloque de granito sobre la que directamente descansa forman una esfera. En la mitad inferior se había dispuesto una cavidad, dentro de la cual se colocaron ciertos libros y otros artículos, de modo que al colocarse la última piedra, formó una tapa segura y maciza para este receptáculo de piedra. El espacio de referencia contiene un ejemplar de la Santa Biblia, el Libro de Mormón, Doctrinas y Convenios, Voz de Amonestación, Cartas de Spencer, Llave a la Teología, Himnario, Compendio, Perla de Gran Precio y algunos otros libros; también fotografías de José Smith y su hermano Hyrum, Brigham Young, John Taylor, Wilford Woodruff, George Q. Cannon y Joseph F. Smith; una fotografía del templo tal cual en esa época se hallaba y además una tablilla de cobre sobre la cual se habían grabado las fechas principales de la historia del edificio, con los nombres de las autoridades generales de la Iglesia en funciones el 6 de abril de 1853, y cual se hallaban constituidas al tiempo de la ceremonia de la última piedra, el 6 de abril de 1892.

Más tarde ese mismo día se colocó sobre la piedra la gran estatua, una figura que tenía por objeto representar a Moroni, el mensajero celestial que apareció al joven profeta José Smith en 1823. La figura tiene más de 3.60 metros de altura; está hecha de cobre revestido de oro y representa a un heraldo con una trompeta a los labios.8

Terminación y dedicación del edificio

La adopción de un plan o la aceptación formal de una resolución por voto es asunto fácil, al lado de lo cual la realización de dicho plan, el llevar a efecto aquello que se propuso, puede ser una tarea gigantesca. Tal fue el contraste entre la acción de la multitud reunida el 6 de abril de 1892 y la obra efectuada el año siguiente.

Cuando se colocó la última piedra del templo, la situación dentro de las paredes era una de caos y confusión. Acabar el interior en el plazo de un año parecía prácticamente una imposibilidad: la tarea que el pueblo había asumido era casi sobrehumana. No obstante, consideraron que la instrucción de terminar el edificio dentro del tiempo especificado era verdaderamente la palabra del Señor a ellos, y recordaron la declaración del antiguo profeta: “Sé que el Señor nunca da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado.”9 Para los miembros de la Iglesia el hecho de haber votado equivalía a haber puesto su firma individual sobre un pagaré. En cuanto a la manera en que hicieron frente a su obligación y cumplieron su promesa, dejaremos que lo realizado en el año hable por ellos.

El pueblo se había comprometido “colectiva e individualmente a proporcionar con la rapidez que se necesite, todo el dinero que se requiera para completar el templo en la fecha más temprana posible, a fin de efectuar su dedicación el 6 de abril de 1893″. El compromiso se cumplió en su totalidad. Con fecha del 21 de abril de 1892 la Primera Presidencia expidió una epístola general dirigida a los Santos de los Ultimos Días en Sión y en todo el mundo, instruyendo que los miembros se reunieran en sus sitios de adoración el domingo, el primer día de mayo, y consagraran el día a solemne ayuno y oración. El pueblo obedeció fielmente este llamado, y a su agradecimiento por las muchas bendiciones de lo pasado, unieron sus fervientes súplicas a favor del éxito en la obra de acabar la Casa del Señor dentro del plazo fijado.10

En la obra de la terminación del templo, era de suma importancia que se hiciera cargo un hombre competente y responsable, investido con autoridad ejecutiva en todo aspecto de la obra. Aun cuando la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce tenían en sus manos la facultad para dirigir, necesitaban a un agente en quien pudieran confiar para que actuara con prontitud, decisión y autoridad en toda cuestión que pudiera surgir. La selección de las autoridades presidentes, en cuanto al hombre que habría de ocupar esta posición de responsabilidad, cayó en John R. Winder, en esa época segundo consejero en el Obispado- Presidente, y quien posteriormente llegó a ser primer consejero en la Primera Presidencia de la Iglesia. Al tiempo de su nombramiento a la responsable posición de superintendente general de la obra del templo, el 16 de abril de 1892, el presidente Winder había cumplido setenta y un años de edad, y sin embargo, poseía la energía y actividad de un joven, combinadas con la prudencia y criterio que vienen sólo con la edad madura. Bajo su eficaz supervisión, la obra del interior del templo progresó con una rapidez que sorprendió aun a los obreros. Pusieron a trabajar a obreros de todas clases, mecánicos, albañiles, encaladores, carpinteros, vidrieros, plomeros, pintores, decoradores, artesanos y artífices de todas clases. El pueblo verdaderamente creyó que obraba un poder superior al del hombre para ayudarles en su gran empresa. El material, mucho del cual era de elaboración especial, llegó del este y del oeste con muy pocas de las demoras usuales de transporte.

Se instalaron los sistemas de calefacción y de luz, instalación que exigió la construcción de una cámara para calderas, con su consiguiente equipo y accesorios. Además, altaba construir el Anexo, y aquí convendría explicar que cada uno de los templos de Utah está unido a un edificio separado conocido como el Anexo-una especie de antecámara o antesala-en el cual se efectúan servicios preliminares y se toma nota de las ordenanzas que van a efectuar las personas presentes, antes de permitírseles entrar en el templo el día del servicio. El Anexo del Templo en Salt Lake City está situado a unos treinta y tres metros al norte de la construcción principal.

Cuando sólo faltaba un mes para la fecha de la dedicación, todavía quedaba tanto que hacer, que muchos sintieron que por lo menos esta vez el pueblo se había equivocado en su creencia de que el Señor había hablado, y que sería una imposibilidad física completar la obra dentro del plazo señalado. El 18 de marzo de 1893 la Primera Presidencia envió la siguiente epístola:

“A los oficiales y miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días:

“La proximidad de la fecha de la dedicación del templo de nuestro Dios nos impele a expresar nuestros sentimientos, con algún grado de amplitud, a nuestros hermanos, los oficiales de la Iglesia, quienes con nosotros poseen el sacerdocio del Hijo de Dios, y a los Santos de los Ultimos Días en general; con el fin de que al entrar en ese santo edificio todos podamos ser juzgados de ser aceptables, nosotros y nuestras familias, y que el edificio que dedicaremos también sea aceptable al Señor.

Los Santos de los Ultimos Días han empleado sus medios liberalmente para erigir otros templos en estos valles, y nuestro Padre ha bendecido nuestros esfuerzos. Hoy conocemos la gran felicidad de tener tres de estos edificios sagrados, terminados, dedicados al Señor y por El aceptados, en los cuales los miembros pueden entrar y efectuar las ordenanzas que en su infinita bondad y benignidad El ha revelado. Pero durante cuarenta años las esperanzas, deseos y expectativas de toda la Iglesia se han concentrado en la terminación de este edificio en la ciudad principal de Sión. Se pusieron los cimientos en los primeros días de nuestro establecimiento en estas montañas; y desde ese día hasta el presente, los ojos de los miembros de esta Iglesia en todo país han estado amorosamente en él. Considerándolo como el Templo de templos, el pueblo ha trabajado todos estos años con empeño incesante, paciencia inagotable y generosas ontribuciones de sus medios hasta traerlo a su estado actual de teminación; y ahora que los afanes y sacrificios de cuarenta años han sido coronados con tanto éxito y felicidad, ahora que el gran edificio por fin se ha terminado y está listo para usarse para fines divinos, ¿hay necesidad de decir que estamos próximos a un acontecimiento, cuya consumación para nosotros, como pueblo, es monumental en el máximo grado? Siendo dicha ocasión de tan trascendentales consecuencias, como ciertamente lo va a ser, ¿qué nos resta decir a fin de inculcar en toda la Iglesia la sensación de su tremenda importancia?

En lo que a esto respecta, ciertamente nada. Más con todo, permítasenos ofrecer unas breves palabras sobre un aspecto directamente relacionado. Ningún miembro de la Iglesia, si es juzgado digno de entrar en esta sagrada casa, puede ser considerado ignorante en cuanto a los principios del evangelio. No nos parece demasiado suponer que todos saben cuál es su deber hacia Dios y hacia sus semejantes. Nadie es tan olvidadizo que ya no recuerda la amonestación de sentirnos llenos de amor y caridad hacia nuestros hermanos. Por tanto, nadie puede dudar por un momento de la importancia suprema de que todo miembro de la congregación esté en paz con sus hermanos y hermanas, y en paz con Dios. ¿De qué otra manera podemos esperar recibir las bendiciones que El ha prometido, sino mediante el cumplimiento de los requisitos que ofrecen como recompensa dichas bendiciones?

¿Pueden los hombres y mujeres que están violando una ley de Dios, o aquellos que son negligentes en obedecer sus mandamientos, creer que sencillamente con ir a su santa casa y tomar parte en su dedicación los hará dignos de recibir, y causará que reciban la bendición de Dios?

¿Creen que tan fácilmente se puede hacer caso omiso del arrepentimiento y del abandono del pecado?

¿Tienen la osadía, aun en sus pensamientos, de acusar así a nuestro Padre de injusticia y parcialidad, y atribuirle falta de cuidado en el cumplimiento de sus propias palabras? Ciertamente nadie que afirma pertenecer a su pueblo sería culpable de tal cosa.

Aquellos que son indignos, pues, deben cesar de esperar recibir una bendición con asistir al templo mientras los bañan con su mal olor aquellos pecados de los cuales no se han arrepentido, y cuando en su corazón todavía existe, contra sus hermanos y hermanas, el rencor y hasta una fría indiferencia que no perdona.

Sobre este último asunto, opinamos que es mucho lo que se pudiera decir. En el afán por cumplir las cosas aparentemente más importantes de la ley, existe la posibilidad de no estimar debidamente la importancia de este espíritu de amor, bondad y caridad. En lo que a nosotros concierne, no podemos conceptuar otro precepto que en la actualidad requiera una inculcación más sincera.

Durante los últimos dieciocho meses ha ocurrido una división entre los Santos de los Ultimos Días en cuanto a los partidos nacionales. Se han efectuado campañas políticas, ha habido elecciones y se han engendrado sentimientos y rencores más o menos intensos en la mente de los hermanos y hermanas, tanto de un partido como del otro.

Hemos estado al tanto de esta conducta y hemos oído muchas expresiones que nos han sido muy penosas y han afligido nuestro espíritu.

Sabemos que han sido una ofensa para el Dios de paz y amor, y piedra de tropiezo para muchos de los miembros.

Nos parece que ahora ha llegado el momento de reconciliación; que antes de entrar en el templo para presentarnos delante del Señor en asamblea solemne, nos despojemos de todo sentimiento áspero e intolerante unos contra otros; que no sólo hagamos cesar nuestros altercados, sino quitar la causa de los mismos y desvanecer todo sentimiento que los haya provocado y mantenido; que confesemos nuestros pecados unos a otros y pidamos perdón el uno al otro; que le supliquemos al Señor que nos dé el espíritu de arrepentimiento, y habiéndolo obtenido, sigamos sus indicaciones; para que al humillarnos ante El y pedirnos el perdón unos a otros, concedamos a los que buscan nuestro perdón esa caridad y generosidad que del cielo pedimos y esperamos.

¡Así podremos entrar en el lugar santo con el corazón libre de engaño, y con nuestras almas preparadas para la edificación prometida! ¡Así llegarán unidamente a los oídos de Jehová nuestras súplicas, libres de todo pensamiento de discordia, y harán descender las más ricas bendiciones del Dios del cielo!

Como hermanos vuestros, sostenidos por vuestro voto y vuestra fe en calidad de Primera Presidencia de la Iglesia, decimos esto a los Santos de los Últimos Días, en nuestra posición individual así como oficial: Si hay un solo miembro de la Iglesia que siente rencor contra nosotros, no deseamos cruzar los umbrales del templo hasta que podamos satisfacerlo y quitar de él todo motivo de rencor, bien sea mediante una explicación o el debido desagravio y expiación; ni deseamos entrar por las sagradas puertas de ese edificio, sino hasta que hayamos procurado una explicación, o desagravio o expiación de todo aquel en contra de quien pudiéramos tener una queja real o imaginaria.

Al anunciar este curso para nosotros mismos, decimos a todos los demás oficiales de la Iglesia que deseamos que sigan nuestro ejemplo; que es nuestro deseo de que, desde el mayor hasta el menor -y en todas las estacas y barrios de Sión-se guíen por este consejo. Inviten a todos los que sientan rencor contra ellos, a que vayan y se lo hagan saber; esfuércense en corregir cualquier error o falta de comprensión que exista, o hacer reparación por cualquier daño o perjuicio cometido.

La misma cosa decimos y cuando los oficiales hayan seguido el curso indicado, deseamos que de ellos proceda-a los miembros individuales de la Iglesia. Los invitamos a que procuren la confraternidad de sus hermanos y hermanas, y su total confianza y amor; sobre todo procurar el compañerismo y unión del Espíritu Santo. Búsquese y atesórese este Espíritu tan diligentemente dentro del círculo familiar más humilde y pequeño, como entre los miembros de la más alta organización y quórum. Penetre el corazón de los hermanos y hermanas, de los padres e hijos en casa, así como el corazón de la Primera Presidencia y los Doce. Suavice y ablande todas las diferencias entre los miembros de las presidencias de estaca y los sumos consejos, así como entre vecinos que viven en el mismo barrio. Una con el vínculo del agradecimiento, perdón y amor a los jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, rebaño y pastor, miembros y sacerdocio, a fin de que Israel pueda sentirse aprobado del Señor y todos podamos ir delante de El con una conciencia libre de ofensas ante todos los hombres. Entonces no habrá ninguna desilusión en cuanto a las bendiciones prometidas a quienes sinceramente lo adoran. El dulce susurro del Espíritu Santo les será dado, y los tesoros del cielo y la comunión de ángeles les serán añadidos de cuando en cuando, ¡porque su promesa se ha dado, y no puede fallar!

Pidiendo las bendiciones de Dios sobre todos vosotros en vuestro empeño de llevar a efecto este consejo, y con deseos de verlo realizado mediante un esfuerzo unido por parte de toda la gente, sugerimos que se aparte como día de ayuno y oración el sábado 25 de marzo de 1893. Aconsejamos que en esa ocasión las presidencias de estaca, los sumos consejos, los obispos y sus consejeros se reúnan con los miembros en sus respectivas casas de oración, confiesen sus pecados unos a otros, y depuren a los miembros de todo sentimiento de ira, desconfianza o enemistad que en ellos se haya alojado, a fin fíe que en ese instante se pueda restaurar la plena confianza, y de allí en adelante prevalezca el amor en todas las congregaciones de los santos.

Es palpable que las autoridades de la Iglesia comprendieron la importancia de una preparación para el magno acontecimiento de la dedicación en otras cosas aparte de la construcción material y costosos enseres. El corazón del pueblo tenía que estar listo; se hizo necesario que Israel fuese santificado. Por toda la extensión de la tierra de Sión se llevó a efecto una depuración general de mente y alma; se expulsó la enemistad; cesaron las contiendas; se reconciliaron las diferencias entre hermanos; se expiaron y perdonaron ofensas; se gozó de un verdadero jubileo.

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