CAPITULO VI
EL GRAN TEMPLO EN SALT LAKE CITY, UTAH HISTÓRICO.
Donde en 1847 sólo un yermo cubierto de artemisa y girasoles se extendía hacia el oeste desde la cordillera de Wasatch hasta las playas del gran mar de sal, hoy se levanta una ciudad majestuosa, tal como entonces se previó en visión profética. En el sitio seleccionado apenas cuatro días después del advenimiento de la banda pionera de colonizadores “mormones“, se yergue una imponente estructura dedicada al nombre del Altísimo. Para el visitante es al mismo tiempo objeto de asombro y admiración, y motivo de gozo santificante y orgullo justificado para el pueblo cuyo sacrificio y esfuerzos lo hicieron existir.
En la torre central del este aparece esta inscripción, con letras cinceladas en la piedra y revestidas de oro:
Santidad al Señor
LA CASA DEL SEÑOR
Edificada por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días
Se comenzó el 6 de abril de 1853 Se terminó el 6 de abril de 1893
En uno de los salones superiores una espléndida ventana artística contiene una excelente reproducción del edificio terminado, con inscripciones de ambos lados que dicen:
Se colocó la piedra angular el 6 de abril de 1853, por el presidente Brigham Young con la ayuda de sus consejeros Heber C. Kimball, Willard Richards
Se dedicó el 6 de abril de 1893 por el presidente Wilford Woodruff con la ayuda de sus consejeros George Q. Cannon, Joseph F. Smith
Estas tablas conmemorativas de piedra y vidrio enjoyelado proporcionan la información esencial en lo que a fechas concierne, en la historia del gran templo. Sin embargo, pueden ser de interés al lector algunos datos adicionales.
La Manzana del Templo, un cuadrado de más de cuatro hectáreas de extensión, se trazó en 1847, y en la actualidad es uno de los sitios más selectos dentro de la ciudad. En la Conferencia General de la Iglesia efectuada en abril de 1851 se autorizó, por voto oficial, la erección del templo. Téngase presente que esta determinación provenía de un pueblo despojado y empobrecido, que luchaba contra el desierto todavía indómito, amenazado mientras tanto por salvajes hostiles; y que en ese tiempo la población total de Utah no pasaba de treinta mil almas, de las cuales menos de cinco mil vivían dentro de los confines de la ciudad proyectada. Una epístola general, expedida por la Primera Presidencia de la Iglesia el 7 de abril de 1851, es instructiva en este respecto:
Se ha alquilado un ferrocarril para que corra desde la Manzana del Templo en esta ciudad hasta la cantera y la montaña al este, para el traslado de materiales de construcción; la obra comenzará inmediatamente . . . Tenemos en proyecto levantar un muro alrededor de la Manzana del Templo esta temporada, como preparación para echar los cimientos de un templo el año entrante; y tenemos la certeza de lograrlo, si todos los santos se muestran tan dispuestos a pagar sus diezmos, y a sacrificar y consagrar sus bienes tan liberalmente como nosotros lo haremos; y si los miembros no pagan sus diezmos, no podemos ni edificar ni prepararnos para edificar; y si no se construye un templo, no habrá investiduras para los miembros; y si no reciben sus investiduras, nunca pueden lograr la salvación que ansiosamente esperan.1
Se había decidido circundar toda la manzana con un muro compacto. Por falta de materiales y mano de obra no se inició la tarea sino hasta el 3 de agosto de 1852; pero desde esa fecha progresó con rapidez, y el día 23 de mayo de 1857 se terminó el muro, prácticamente tal como se halla en la actualidad. Se extiende a lo largo de una cuadra completa, doscientos metros por cada una de sus cuatro direcciones; y es interesante notar que estas medidas son prácticamente las mismas que, según Josefo, circundaban el terreno sobre el cual estuvo el Templo de Herodes.2 La base del muro es de piedra labrada, un tipo de arenisca roja de las montañas hacia el este. Dicha base tiene una altura de 1.22 metros y sostiene hileras de adobes hasta una altura de 3 metros más, y entonces sigue una albardilla de piedra arenisca roja de treinta centímetros de espesor, todo lo cual da al muro una elevación total de 4.57 metros. Una capa resistente de cemento protege los adobes. Sirven de entrada y salida a la manzana cuatro portones grandes, uno en el centro de cada uno de los cuatro lados. Cuando se edificó el muro, corría un arroyo por en medio de la Manzana del Templo, que ahora está limitado a un cauce recto al norte de la manzana; pero en la base del muro, del lado oriente así como poniente se pueden ver los arcos debajo los cuales pasaban las aguas en otro tiempo.
La construcción del muro, en sí misma una empresa grande y costosa para un pueblo en la situación en que se hallaban sus constructores, no fue sino incidental a la obra mayor de erigir el templo. No se permitió que se disipara el interés en el proyecto; fue el tema del predicador así como del poeta, y constantemente se conservaba este impelente deber ante los ojos del público. Se dio a entender a la gente que la comisión de construir la Casa del Señor pesaba sobre ellos y no únicamente sobre sus dirigentes.
Se dedicó el sitio y se sacó la palada inicial de tierra para los cimientos el 4 de febrero de 1853. Fue una ocasión notable, y los miembros la celebraron como un día de gozo general. Entre la fecha anterior y la de la siguiente conferencia de la Iglesia, se trabajó con determinación y vigor en los preparativos para la colocación de las piedras angulares. Este feliz acontecimiento se realizó el 6 de abril de 1853-el vigesimotercer aniversario de la organización de la Iglesia-y el pueblo lo festejó con manifestaciones de agradecimiento y gozo genuino que aseguraban su devoción a la obra tan favorablemente iniciada. Tomaron parte cuerpos cívicos y militares; hubo procesiones con bandas de música y solemnes servicios con oración. El alcalde de la ciudad fue el bastonero del día; la policía prestó sus servicios como guarda de honor y la milicia territorial marchó con los miembros congregados. La colocación de las piedras principales se celebró como un triunfo realizado, aunque sólo era el comienzo.
No vaya a suponerse que la obra se llevó a efecto sin impedimentos o estorbos. Se inició la construcción de los cimientos en el ángulo sudeste el 16 de junio de 1853 y se completó el 23 de julio de 1855. Sobre los cimientos se colocó una hilada de mampostería y encima de ésta algunos cursos de laja. La obra había avanzado lentamente, pero en 1857 sobrevino una grave interrupción. En ese año el pueblo comenzó a prepararse para abandonar sus hogares, por lo menos provisionalmente, y buscar un lugar donde vivir en otra parte del desierto. La causa del éxodo amenazante era la aproximación de una fuerza armada que el gobierno de los Estados Unidos envió para sofocar una supuesta rebelión en Utah. Se había dado curso a este movimiento militar debido a una interpretación completamente errada de los hechos, basada en viles calumnias. Habían antecedido la llegada de los soldados terribles amenazas de violencia, y aun cuando la gente sabía que era inocente de todo acto desleal hacia el gobierno y sus oficiales, no había olvidado las angustiosas escenas de la persecución organizada en Misuri e Illinois como resultado de las sospechas, y preferían la incertidumbre del desierto más bien que la temida alternativa de una repetición posible de lo que anteriormente había ocurrido. En los penosos preparativos para su partida, el pueblo cuidadosamente recubrió el trabajo que se había hecho en los cimientos del templo; se volvieron a llenar las excavaciones y se cubrió todo vestigio de albañilería. En esa época no había parte alguna de los cimientos que sobrepujara el nivel del suelo. Cuando se completó la obra de recubrimiento, el sitio no presentaba aspecto más digno de atención que una semejanza remota a un campo a medio arar.
Es motivo de satisfacción notar que se llegó a un arreglo pacífico entre el ejército y el pueblo. Los miembros volvieron a sus hogares y los soldados establecieron un campo-más tarde un puesto militar-a una distancia de sesenta y cuatro kilómetros de la ciudad.3
Tras la interrupción de la labor constructora, ocasionada por lo anteriormente dicho, siguió un corto período de inactividad comparativa, después del regreso de la gente. Se desenterraron los cimientos, pero antes de reanudar la colocación de las piedras, se descubrió que la obra de mampostería sobre los cimientos, inmediatamente debajo de los cursos de laja, parecía carecer de la estabilidad que se requería, por lo que removieron en el acto la laja así como la mampostería. Se sustituyó con piedra de la mejor calidad y continuó con energía renovada el trabajo en la propia construcción. La reconstrucción de referencia duró algunos años.
Por un breve período el sitio contiguo al templo fue el centro comunal de la industria mecánica, el importante taller del estado intermontañoso.
La Iglesia había establecido allí sus obras públicas que constaban de una planta de fuerza hidráulica, para la cual se utilizó la energía del riachuelo City Creek para la rueda, un equipo para inyección de aire, una fundición de hierro y un taller mecánico para trabajar la madera así como el metal.4 Cabe aquí decir que mucha de la obra efectuada en este lugar no tenía relación con las extensas obras de construcción en la Manzana del Templo,
Además de las interrupciones y demoras ya indicadas, eran inevitables otros impedimentos y aun en las mejores circunstancias el progreso no podía menos que ser lento. No fue sino hasta algunos años después del “traslado” consiguiente a la entrada de los soldados federales, que se decidió sobre el material del edificio principal. Desde la conferencia de 1852 se había considerado este asunto, Se había sugerido oolito de las canteras en el condado de Sanpete, piedra arenisca roja de los cerros cercanos, adobe intercalado con cascajo, y se puso a voto la cuestión, aunque hay que admitir que carecía de forma definida la pregunta presentada. En la sesión de la mañana de la conferencia del 9 de octubre de 1852, el presidente Heber C. Kimball planteó la pregunta: “¿Construiremos el templo de piedra del Cerro Rojo, o de adobes, o roca o la mejor piedra que las montañas nos pueden proporcionar?” Como respuesta se adoptó por voto unánime la resolución de que “edifiquemos un templo de los mejores materiales que se pueden obtener en las montañas de Norteamérica, y que la presidencia determine dónde se han de obtener la piedra y otros materiales”. El acto es significativo, pues muestra la fe, confianza y determinación del pueblo. El templo que estaban a punto de construir habría de ser en todo respecto lo mejor que la gente pudiera producir. Esta moderna Casa del Señor no iba a ser una construcción provisional, ni de proporciones pequeñas, material de mala calidad o de un diseño ordinario o inadecuado. Desde el principio se entendía que el edificio no se podría terminar por muchos años, décadas tal vez, y para ese tiempo la colonia se habría convertido en un estado y el puñado de habitantes en una multitud de almas. El templo habría de ser digno de un gran futuro: piedra arenisca, oolito, bloques de adobe-todos y cada uno a su vez fueron considerados y rechazados. Se decidió construir las paredes de granito sólido. Se había descubierto un enorme depósito de esta piedra resistente en los desfiladeros de Cottonwood, a unos treinta y dos kilómetros hacia el sudeste, y para este pueblo impulsado por la fe bastaba saber que el material adecuado se hallaba disponible. Costara lo que costara en afán y sacrificios, cualesquiera que fueren la abnegación y sufrimientos requeridos, iba a procurarse.






