CAPITULO III
LA NECESIDAD DE TEMPLOS EN LA DISPENSACIÓN ACTUAL
Entre las numerosas sectas e iglesias que profesan el cristianismo, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la única que enseña y practica el servicio del templo. La devoción de sus miembros a la obra sagrada de edificar templos y administrar en ellos las ordenanzas salvadoras del evangelio ha llamado la atención y despertado el asombro del filósofo así como del lego. No basta con tratar de explicar este sacrificio singular y estupendo imputándolo a un fanatismo asumido e indemostrable; el investigador sincero, el observador atento y aun el que lee a la ligera, si es honrado, admite que esta devoción es una fe profundamente arraigada y estable. No se puede afirmar que los Santos de los Últimos Días edifican templos como monumentos de riqueza comunal ni para preciarse de su engrandecimiento humano, porque los hallamos arduamente empeñados en esta obra aun cuando había escasez de pan y poca ropa entre ellos. En toda la historia de esta gente, sus templos han sido, en su estimación, edificios que pertenecen al Señor, y ellos, los mayordomos a quienes se confía la custodia de los bienes consagrados. Tampoco puede decirse que esta Iglesia edifica templos como otras sectas construyen capillas, iglesias, catedrales y sinagogas, porque. ya tiene el equivalente de éstas; y por cierto, los centros de reuniones y lugares de adoración que los Santos de los Últimos Días mantienen son proporcionadamente mayor en número que los de otras denominaciones. Más aún, como ya se ha dicho, estos templos no se usan como sitios de reunión común, ni como casa para servicios generales y congregacionales.
¿Por qué, pues, edifica y mantiene templos La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días? Como respuesta, considérense cuidadosamente los hechos pertinentes que a continuación se exponen.
NECESIDAD DE OBEDECER LAS LEYES Y ORDENANZAS DEL EVANGELIO.
La Iglesia proclama como parte de su declaración de fe:
“Creemos que por la expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.”1
Al mismo tiempo que profesa su creencia en la posibilidad de una salvación universal, la Iglesia afirma que la salvación sólo se asegura con la condición de que haya obediencia individual a los requisitos establecidos por el Redentor, sin cuyo sacrificio expiatorio nadie podría salvarse. La salvación que Cristo obró en el Calvario fue una ofrenda vicaria, de cuyos resultados benéficos todo el género humano puede participar. En cuanto a la redención de la pena de muerte que resultó de la transgresión en Edén, la muerte expiatoria de Cristo pagó en su totalidad las demandas consiguientes a la ley violada; y a nadie más que a Adán se tendrá por responsable de la desobediencia de Adán o de los resultados que de la misma provengan. En el justo juicio que vendrá a todo ser mortal, todas las condiciones de debilidad heredada, la tentación causada por el ambiente, la capacidad para escoger y obrar, la medida de conocimiento que haya logrado la persona, la verdad que haya aceptado o rechazado, las oportunidades que haya utilizado propiamente o despreciado indebidamente, la fidelidad con que anduvo en la luz o la depravación mediante la cual se desvió por las vías prohibidas de las tinieblas – estas cosas, con todo otro hecho y circunstancia que hayan sido parte de la vida del individuo, serán debidamente pesadas y consideradas. Ante el tribunal de Dios, la característica distintiva de misericordia divina será, como hoy loes en los asuntos de la vida terrenal, no un perdón arbitrario del pecado, no una cancelación inmerecida de las deudas de la culpabilidad, sino el disponer una manera mediante la cual el pecador pueda cumplir los requisitos del evangelio, a fin de que en el debido tiempo salga de la prisión del pecado a la gloriosa libertad de una vida recta.
No hay sino un precio que se le ha fijado al perdón de la transgresión individual, y este precio es igual para todos-pobres y ricos, esclavos y libres, indoctos y doctos; no permite fluctuaciones, no cambia con el tiempo; fue el mismo ayer que es hoy, y lo será para siempre y ese precio, con el cual se puede comprar la perla que sobrepuja todo precio, es la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.
Reparemos en esta declaración adicional de fe que enseña la Iglesia restaurada:
“Creemos que los primeros principios y ordenanzas del Evangelio son: (1) Fe en el Señor Jesucristo; (2) arrepentimiento; (3) bautismo por inmersión para la remisión de pecados; (4)imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo. “2
Fe en el Señor Jesucristo es el principio fundamental del evangelio, la primera letra del alfabeto de la salvación con el cual se escriben las palabras de vida eterna.
Sin embargó ¿quién puede tener fe en algo acerca de lo cual nada sabe? El conocimiento es esencial a la fe, y ésta impulsa a quien la posee a buscar conocimiento adicional y convertir este conocimiento en sabiduría, que no es más que -el conocimiento aplicado y llevado a la práctica. Predicar a Cristo y a El crucificado3 es la única manera en que puede enseñarse la fe en El por medio del precepto así como del ejemplo. Aun cuando el conocimiento y la fe se asocian estrechamente, los dos no son idénticos, ni es lo uno un producto seguro de lo otro. Un hombre puede haber aprendido la verdad; y sin embargo podrá despreciarla. Su conocimiento, lejos de desarrollar dentro de su alma la fe que conduce a hechos rectos, tal vez no haga sino aumentar su condenación, porque peca sin contar siquiera con la mitigación de la ignorancia. Los espíritus malignos han testificado de su conocimiento de que Jesús es el Cristo, mas con todo, siguen siendo partidarios caídos de Satanás.4 A medida que va desarrollándose dentro del alma del hombre, la fe viviente conduce a quien la posee a buscar el medio por el cual puede elevarse de la servidumbre del pecado; y el pensamiento mismo de tal emancipación produce un aborrecimiento de la impía contaminación de lo pasado. El fruto natural de este crecimiento glorioso es el arrepentimiento.
El arrepentimiento, como requisito que todo hombre debe cumplir, constituye el segundo principio del evangelio de Cristo. Comprende un pesar sincero por los pecados de lo pasado, y un abandono decidido de los mismos, con la solemne determinación de tratar, mediante la ayuda divina, de no volver más a ellos. El arrepentimiento viene como don de Dios al que ha atesorado y nutrido la dádiva anterior de la fe. No se -obtiene por pedirse irreflexivamente; no se encuentra en la carretera; no es de la tierra, sino un tesoro del cielo; y se da con cuidado, pero al mismo tiempo con liberalidad ilimitada a todos aquellos que han dado fruto digno de su otorgación. Es decir, todos los que se preparan para el arrepentimiento realmente llegarán a poseer este gran don mediante la influencia humilladora y molificante del Espíritu Santo.
Cuando los correligionarios de Pedro lo acusaron de haber violado la ley al asociarse con gentiles, refirió a sus oyentes las manifestaciones divinas que tan recientemente él había recibido; le creyeron y declararon: “¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios el arrepentimiento para vida!” También Pablo, escribiendo a los Romanos, enseña que el arrepentimiento viene por la benignidad de Dios.5
La persistencia intencional en el pecado puede conducir a la pérdida de la habilidad para arrepentirse; y el hombre que posterga el día de su arrepentimiento invita y finalmente asegura esta pérdida. La palabra divina, por boca de un profeta moderno, es explícita en este respecto:
Porque yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia.
No obstante, el que se arrepienta y cumpla los mandamientos del Señor será perdonado; y al que no se arrepienta le será quitada aun la luz que haya recibido; porque mi Espíritu no contenderá siempre con el hombre, dice el Señor de los Ejércitos.6
Los Santos de los Últimos Días creen y enseñan que será posible lograr el arrepentimiento, y de hecho, les será requerido a los que todavía estén sin arrepentir, aun después de la muerte; y afirman que las Escrituras, tanto antiguas como modernas, apoyan esta doctrina. Leemos que mientras el cuerpo de nuestro Señor yacía en la tumba entre la tarde del día de la crucifixión y la gloriosa mañana de su resurrección, El estaba ejerciendo su ministerio en el mundo de los espíritus desincorporados. El apóstol Pedro categóricamente declara que nuestro Señor “fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé”.7 El contexto; del cual forman parte estas palabras del apóstol inspirado, muestra que el acontecimiento de referencia ocurrió antes de la resurrección del Salvador. Además, se tendrá presente que uno de los malhechores, cuya cruz estaba erguida a un lado de la de Jesús, manifestó fe y un cierto grado de arrepentimiento, por lo cual recibió del Cristo sufriente esta bendición y promesa: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.”8 No se puede sostener que esta promesa indicaba que el pecador arrepentido pasaría de la cruz directamente al cielo, la morada de los redimidos en la presencia de Dios; pues seguramente no había habido oportunidad para que el penitente agonizante pusiera por obra su arrepentimiento, cumpliendo las leyes y ordenanzas establecidas del evangelio; y sin este cumplimiento, aun cuando no fuese más que el solo requisito del bautismo en el agua, aquel hombre no podía entrar en el reino de Dios ni verlo, o la palabra de Cristo habría probado ser falsa.9 Además, como prueba conclusiva del hecho de qué durante el intervalo de tiempo entre la muerte y la resurrección de Cristo, ni El ni el pecador contrito habían ido a la morada de Dios, tenemos las palabras del Señor resucitado a la afligida Magdalena: “Aún no he subido a mi Padre.”10
En vista de la afirmación bíblica de que el Cristo desincorporado en efecto visitó y ejerció su ministerio entre los espíritus que habían sido desobedientes, y quienes a causa de sus pecados aún sin remitir se hallaban detenidos todavía, es pertinente preguntar en cuanto a la extensión y objeto del ministerio de nuestro Salvador entre ellos. Su predicación debe haber sido útil y positiva; por otra parte, no se debe suponer que su mensaje fue de otra naturaleza sino una de socorro y misericordia. Aquellos a quienes fue estaban encarcelados, y habían estado allí mucho tiempo. El Redentor fue a ellos para predicar, no para agravar su condenación; para abrir el camino que conducía a la luz, no para intensificar las tinieblas de desesperación en que se hallaban hundidos. ¿Acaso no se había predicho con mucha anterioridad esa visita de liberación? Siglos antes Isaías había profetizado acerca de esos espíritus soberbios e impíos; y refiriéndose al ministerio señalado de Cristo, la misma voz inspirada declaró que parte de esa obra sería: “Para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas.”11David, lleno de las emociones de la contrición y la esperanza, cantó este himno con tristeza y gozo combinados: “Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarás mi alma en el seol.”12
De éstos y otros pasajes de las Escrituras aprendemos que el ministerio de Cristo no se limitó a los pocos que vivieron en la carne durante el breve período de su vida terrenal, ni a ellos y a las generaciones entonces futuras; sino a todos, muertos, vivos y los que estaban aún por nacer. No se puede negar que innumerables cantidades de personas habían vivido y muerto antes del meridiano de los tiempos, y de estas multitudes, así como de las que desde entonces han nacido, incontables huestes han muerto sin el conocimiento del evangelio y su plan prescrito de salvación. ¿Cuál es su situación?; y por cierto, ¿cuál será el estado de los habitantes actuales de la tierra y de las multitudes, futuras aún, que morirán en la ignorancia y sin esa fe que salva? Preguntemos otra vez, ¿cómo pueden tener fe en Cristo aquellos que no lo conocen?; y faltándoles el conocimiento como también la fe, ¿cómo pueden beneficiarse con lo que se ha dispuesto para su salvación?
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días afirma que el plan de salvación no está limitado por la tumba; sino que el evangelio es
inmortal y eterno, que abarca desde las edades que han pasado hasta las eternidades del futuro. En el ministerio del Salvador entre los muertos indudablemente quedó incluida la revelación de su propia muerte expiatoria, la inculcación de la fe en El y en el plan divinamente designado que El representaba, así como la necesidad de un arrepentimiento aceptable a Dios. Es razonable creer que se dieron a conocer los otros requisitos esenciales comprendidos en las leyes y ordenanzas del evangelio.
El lector menos meditativo podrá opinar que enseñar la posibilidad del arrepentimiento allende el sepulcro puede tender a debilitar la creencia en la necesidad absoluta del arrepentimiento y la reforma en esta vida. Una consideración cuidadosa del asunto mostrará, sin embargo, que no hay razón para tal objeción en la doctrina citada. Rechazar un don de Dios, o menospreciarlo en cualquier forma, equivale a renunciar en grado correspondiente al derecho que uno tiene a ese don. Para el alma que deliberadamente ha hecho caso omiso de las oportunidades para arrepentirse que aquí se le ofrecieron, el arrepentimiento en la otra vida puede ser tan difícil, y por cierto, es razonable creer que a tal grado lo será, que por largo tiempo permanecerá irrealizable. Este concepto halla justificación en las Escrituras, como vemos por las palabras de un profeta nefita llamado Amulek, que de esta manera amonestó a la Iglesia en el continente occidental, ochenta años antes del nacimiento de Cristo:
Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios … Os ruego, por tanto, que no demoréis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin … No podréis decir, cuando os halléis ante esa terrible crisis: Me arrepentiré; me volveré a mi Dios. No, no podréis decir esto; porque el mismo espíritu que posee vuestros cuerpos al salir de esta vida, ese mismo espíritu tendrá poder para poseer vuestro cuerpo en aquel mundo eterno. Porque si habéis demorado el día de vuestro arrepentimiento, aun hasta la muerte, he aquí, os habéis sujetado al espíritu del diablo que os sellará como cosa suya.13






