CAPITULO II
SANTUARIOS EN LAS DISPENSACIONES ANTERIORES.
El significado del término “templo”, cual se entiende y se aplica en esta obra, se concreta a un edificio real y verdadero, erigido por el hombre, santificado y purificado para el servicio especial de Dios, servicio que debe incluir la administración autorizada de ordenanzas pertenecientes al santo sacerdocio, y no meramente un lugar, pese a lo sagrado que tal sitio ha llegado a ser. Si se clasificara a los lugares sagrados de ser esencialmente templos, al igual que los edificios sagrados, entraría en esta categoría más de un santo Betel raramente considerado como tal. En la aplicación más amplia de la palabra, el Jardín de Edén fue el primer santuario de la tierra, porque en él fue donde el Señor primeramente habló al hombre y dio a conocer la ley divina. Sinaí también llegó a ser un santuario, porque el monte fue consagrado como la morada especial del Señor mientras se comunicaba con el profeta y expedía sus decretos. La santidad de estos lugares era semejante a la de Horeb, donde Dios habló a Moisés desde en medio del fuego; y donde, al acercarse, el hombre se detuvo ante el mandato: “No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es.”1Sin embargo, un templo se distingue no sólo como el lugar donde Dios se revela al hombre, sino también como la Casa en la cual se solemnizan las ordenanzas prescritas del sacerdocio.
EL “TESTIMONIO”
Antes de la construcción del tabernáculo en el desierto, y por cierto durante las primeras etapas de la memorable jornada desde Egipto, el pueblo de Israel tenía cierto depósito para cosas sagradas, conocido como el Testimonio. Esto se menciona definitivamente en relación con el acontecimiento citado a continuación. Por instrucciones divinas, habría de preservarse una vasija de maná, no fuese que el pueblo olvidara el poder y bondad de Dios mediante el cual los había alimentado:
Y dijo Moisés: Esto es lo que Jehová ha mandado: Llenad un gomer de él, y guardadlo para vuestros descendientes, a fin de que vean el pan que yo os di a comer en el desierto, cuando yo os saqué de la tierra de Egipto.
Y dijo Moisés a Aarón: Toma una vasija y pon en ella un gomer de maná, y ponlo delante de Jehová, para que sea guardado para vuestros descendientes.
Y Aarón lo puso delante del Testimonio para guardarlo, como Jehová lo mandó a Moisés.2
Según parece, no cabe duda de que el Testimonio al que aquí se refiere era una construcción material, y que su nombre sugiere un testimonio divino de su carácter sagrado. En vista de que en el relato del éxodo no se hace mención de haberse elaborado tal obra, y por otra parte, ya que su existencia y uso estaban definitivamente señalados antes que el pueblo hubiera tenido el tiempo o la oportunidad para construirlo en el desierto, parece que deben haber traído consigo el sagrado Testimonio al salir de Egipto. El incidente es de interés e importancia porque indica la existencia de un santuario sagrado durante la etapa formativa del crecimiento de Israel como nación, y mientras el pueblo estuvo sujeto a gobernantes idólatras. Esta aplicación de la palabra Testimonio no debe confundirse con el uso posterior que se le dio para referirse a las tablas de piedra sobre las cuales se hallaba el divinamente inscrito decálogo.3 Se notará, además, que el tabernáculo en el cual se guardaba el arca del pacto que contenía las sagradas tablas de piedra fue distintivamente llamado el Tabernáculo del Testimonio. Estos varios usos de la palabra no causarán ambigüedad, si se considera debidamente el contexto en cada caso.
EL TABERNÁCULO PROVISIONAL
Mientras Moisés hablaba con el Señor en Sinaí, el pueblo, dejado a sí mismo por un tiempo, instaló un becerro de oro a semejanza de Apis, un ídolo egipcio, y a causa de sus orgías idólatras, la ira del Señor se encendió contra ellos. Durante el período de su distanciamiento consiguiente, antes que se efectuara una reconciliación entre Jehová y su pueblo, cesaron dentro del campo las manifestaciones divinas, y sólo en la distancia podía hallarse el Señor. En relación con esta condición leemos acerca del establecimiento de un lugar permanente para reunirse, posiblemente en la tienda donde moraba Moisés, la cual quedó santificada por la Presencia divina. Así leemos:
Y Moisés tomó el tabernáculo, y lo levantó lejos, fuera del campamento, y lo llamó el Tabernáculo de Reunión. Y cualquiera que buscaba a Jehová, salía al tabernáculo de reunión que estaba fuera del campamento.
Y sucedía que cuando salía Moisés al tabernáculo, todo el pueblo se levantaba, y cada cual estaba en pie a la puerta de su tienda, y miraban en pos de Moisés hasta que él entraba en el tabernáculo.
Cuando Moisés entraba en el tabernáculo, la columna de nube descendía y se ponía a la puerta del tabernáculo, y Jehová hablaba con Moisés.
Y viendo todo el pueblo la columna de nube que estaba a la puerta del tabernáculo, se levantaba cada uno a la puerta de su tienda y adoraba.
Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero. Y él volvía al campamento; pero el joven Josué hijo de Nun, su servidor, nunca se apartaba de en medio del tabernáculo. “4
Del hecho de que el más amplio y permanente tabernáculo aún no se construía en la época a que se hace referencia en los pasajes que se acaban de citar, se deduce que la tienda que aquí se llama el Tabernáculo de Reunión no era la elegante y costosa obra especialmente construida de acuerdo con las instrucciones del Señor. A distinción del tabernáculo posterior, el cual se levantaba en el centro del campamento con las tribus alrededor de él en orden particular, este tabernáculo provisional se asentaba fuera-lejos-del campo, tal vez como indicación del alejamiento del Señor al tiempo de la rebeldía idólatra de Israel. No obstante, la comunicación personal efectuada entre Jehová y su siervo Moisés en este tabernáculo provisional da testimonio de que era un santuario sagrado.
EL TABERNÁCULO DE REUNIÓN.
Desde en medio de las nubes, y al acompañamiento de los truenos y relámpagos en Sinaí, el Señor dio a Moisés la ley y el testimonio. Moisés no fue el único que habló allí con el Señor en persona, sino que por mandato divino, Aarón y sus hijos, Nadab y Abiú, junto con setenta de los ancianos de Israel, subieron al monte y vieron a Dios, el Dios de Israel. La gloria del Señor cubrió al Sinaí por muchos días: “Y entró Moisés en medio de la nube, y subió al monte; y estuvo Moisés en el monte cuarenta días y cuarenta noches.”5
Cuando descendió, Moisés llevaba consigo la comisión de pedir a los hijos de Israel contribuciones y ofrendas de sus bienes y todas sus cosas preciosas, aquello que fuese adecuado para la construcción de un santuario en el desierto.
Jehová habló a Moisés diciendo: Di a los hijos de Israel que tomen para mí ofrenda; de todo varón que la diere de su voluntad, de corazón, tomaréis mi ofrenda.
Esta es la ofrenda que tomaréis de ellos: oro, plata, cobre, azul, púrpura, carmesí, lino fino, pelo de cabras, pieles de carneros teñidas de rojo, pieles de tejones, madera de acacia, aceite para el alumbrado, especias para el aceite de la unción y para el incienso aromático, piedras de ónice, y piedras de engaste para el efod y para el pectoral. Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos. Conforme a todo lo que yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios, así lo haréis.6
El pueblo correspondió en forma tan liberal e inmediata, que en breve se acumuló un sobrante de material.
Y hablaron a Moisés, diciendo: El pueblo trae mucho más de lo que se necesita para la obra que Jehová ha mandado que se haga.
Entonces Moisés mandó pregonar por el campamento, diciendo: Ningún hombre ni mujer haga más para la ofrenda del santuario. Así se le impidió al pueblo ofrecer más; pues tenían material abundante para hacer toda la obra, y sobraba.7
Se manifestó la orientación divina en el nombramiento de los hombres que habrían de hacerse cargo de la obra. Bezaleel, hijo de Uri, y Aholiab, hijo de Ahisamac, fueron designados por revelación para ser los maestros artesanos bajo cuya dirección los demás obreros habían de trabajar hasta que todo quedara terminado de preciso acuerdo con el modelo y plan revelados. Habiéndose terminado en esta forma, fue la incorporación de lo mejor, tanto en materiales como en mano de obra.
El tabernáculo se hallaba en un espacio cerrado o atrio exterior, cercado de cortinas de lino torcido, y en sus entradas tenía cortinas finamente bordadas. Las cortinas que formaban los muros del atrio pendían de columnas colocadas a trechos a los lados de un cuadrilongo. Los muros mas largos corrían de oriente a poniente, y la entrada principal al atrio daba al oriente. De los dos patios dentro de las cortinas, el del este se reservaba para las reuniones del pueblo, mientras que el patio occidental constituía el espacio más sagrado que pertenecía al tabernáculo mismo.
La superficie del espacio cerrado media cien codos de oriente a poniente y cincuenta codos de norte a sur, o aproxima, ente cuarenta y cinco metros por veintidós y medio8, n la parte hacia el este, y por tanto, separado del tabernáculo, se hallaba el altar del holocausto. Entre el altar y el tabernáculo se hallaba la fuente, un receptáculo grande de bronce sobre un pedestal que contenía agua para el lavamiento ceremonial de las manos y pies de los sacerdotes. Es interesante notar que la fuente y su base fueron hechas de las ofrendas especiales de las mujeres, quienes dieron sus espejos de bronce para este propósito. Los lados más largos del tabernáculo corrían de oriente a poniente, y la entrada daba al este. La construcción solo media treinta codos de longitud por diez de ancho, o sea trece metros y medio por cuatro y medio; son las dimensiones que anoto Josefo y prácticamente concuerdan con la descripción dada en el Éxodo, donde leemos que los lados del tabernáculo se componían de veinte tablas del lado sur e igual número del lado norte, cada tabla de codo y medio de anchura; el extremo occidental se componía de seis tablas, cada una de ellas de codo y medio de anchura, o nueve codos en total. Estas, con las columnas angulares, darían la misma anchura de diez codos que cita Josefo. Las tablas de los lados se sostenían por medio de espigas con basas de plata, dos para cada tabla; y, las tablas estaban cubiertas de oro y provistas de anillos del mismo material para insertar las barras, que también estaban cubiertas de oro.
Se verá, pues, que el tabernáculo sólo era un edificio pequeño, completamente inadecuado para acomodar grandes asambleas; pero debe tenerse presente que tal cosa nunca se tuvo por objeto. Dentro del tabernáculo oficiaban solamente los poseedores del sacerdocio designados, y de entre éstos solamente se podía admitir a los pocos que efectivamente iban a tomar parte en el servicio del día.
Una cortina, categóricamente llamada el Velo, dividía el tabernáculo en dos compartimientos, el exterior de los cuales era conocido como el Lugar Santo y el interior como el Lugar Santísimo. Josefo y otros afirman que el tabernáculo se componía de tres partes; la tercera división, sin embargo, se encontraba realmente fuera de la tienda principal y constituía un pórtico de cinco codos de profundidad hacia el extremo oriental, que se extendía a lo largo del frente. El velo, que separaba el Lugar Santo del Santísimo, era pieza fina “de azul, púrpura, carmesí y lino torcido” de obra primorosa y bordada con querubines. Estaba suspendida por cuatro columnas de madera cubiertas de oro, con capiteles de oro y basas de plata. La madera que se usó para estas columnas, y por cierto en otras partes de la construcción, fue la rara, costosa y resistente acacia. Del otro lado del velo quedaba el recinto más sagrado, y en él se colocó el arca del pacto con su propiciatorio en medio de los sagrados querubines, cuya descripción se da en estas palabras:
Hizo también Bezaleel el arca de madera de acacia; su longitud era de dos codos y medio, su anchura de codo y medio, y su altura de codo y medio.
Y la cubrió de oro puro por dentro y por fuera, y le hizo una cornisa de oro en derredor.
Además fundió para ella cuatro anillos de oro a sus cuatro esquinas; en un lado, dos anillos y en el otro, dos anillos.
Hizo también varas de madera de acacia, y las cubrió de oro. Y metió las varas por los anillos a los lados del arca, para llevar el arca.
Hizo asimismo el propiciatorio de oro puro; su longitud de dos codos y medio, y su anchura de codo y medio.
Hizo también los dos querubines de oro, labrados a martillo, en los dos extremos del propiciatorio.9
Un querubín a un extremo, y otro querubín al otro extremo; de una pieza con el propiciatorio hizo los querubines a sus dos extremos. Y los querubines extendían sus alas por encima, cubriendo con sus alas el propiciatorio; y sus rostros el uno enfrente del otro miraban hacia el propiciatorio.
Fuera del velo, pero todavía dentro del tabernáculo, se hallaba el Lugar Santo; en él se colocaron la mesa para el pan de la proposición, el altar del incienso y el candelero de oro de siete brazos.10






